Dice el poema de Bento que “noviembre apagó en las buganvilias / sus nombres blancos, rojos, escarlatas”. Justo lo contrario que, llegado este mes, y desde hace treinta y siete años, sucede en Huelva, cuando el cine, siempre escuela de sí, ilumina a su manera la ciudad y le proporciona aquellas cultas tonalidades, reales únicamente porque forman parte de su deseo. A fin de cuentas, “estamos hechos del mismo material que los sueños” (Shakespeare).
En noviembre, por tanto, Huelva es una ciudad de cine. Días centrales del Festival Iberoamericano, diferentes en la medida que la belleza sencilla de lo cotidiano se impregna de ese aire distinto, refinado y sensual, con origen en el propio séptimo arte; puntual glamour, en suma, capaz de generar un ambiente urbano muy particular y gustoso. Nostálgico igualmente, según en la capital – ¡qué pena!- el interés por acudir a las salas cinematográficas se redujo hasta el extremo de obligar al cierre progresivo de estas últimas.
Ello, aun cuando el cine caló muy pronto en la vida onubense. Del diario La Provincia (22/12/1896), es, por ejemplo, la noticia que sigue: “Mañana, miércoles, se verificará la inauguración del cinematógrafo perfeccionado Yoli, primero de su clase en España, instalado en el Teatro Colón. Dado lo interesante del espectáculo y lo económico de los precios, creemos serán muchísimas las personas que han de visitarlo, pues este curioso invento ha llamado poderosamente la atención en todas partes donde se ha exhibido. Será a las ocho”. No faltarán desde entonces, en el mencionado periódico, referencias alusivas a la relación Huelva-cinematógrafo, con citas concretas en el Círculo Mercantil y Agrícola (1898) y en un solar de la calle Zafra (1900). También, con el tiempo, la prensa seguiría ofreciendo en agenda la cartelera local. Películas para un público diverso y habituado a las sesiones (continuas, por lo regular) del Onuba, Gran Teatro, Mora, Rábida, Palacio del Cine, Emperador, Oriente, Odiel, Fantasio, Apolo, La Dehesa y Aqualón (más los “de verano”). Muchos ya no están; pero viven. Son inmortales. ¡Gloria al cine!
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