martes, 15 de noviembre de 2011

BERNABÉ FERNÁNDEZ, MÚSICO

                                           

            La primera vez que aquel espacio propio te recibe (un séptimo piso de la onubense Avenida de Italia, con mirada hacia la ría), es Overli –progenitor de nuestro anfitrión-, quien, sin excusas y en su proyección, vitalidad y fuerza creadoras, sale a tu encuentro. Imposible entonces sustraerse al empuje de la emoción, a la belleza de lo perfecto, al ritmo de lo puro que allí se expone. Poco a poco, aparte el golpeo que producen los nombres –Overli, siempre-, y porque también es natural que las raíces echen alas, aquella luz interior (pasillo adelante; giro después a la izquierda), puntillea o raya un camino otro, distinto, en cuyo fondo, desde hace mucho – tempus fugit-, y bajo un amplio lienzo protector, es fácil reconocer no las proporciones de un cuadro, sino las formas de un piano (kaway, de pared). Del arte de la pintura y la escultura, según vemos, al de la música. De Overli a Bernabé. Padre e hijo, y si no cito al espíritu santo no es porque no crea en él o no exista, que bien visible es el misterio y sus dones en la obra de los artistas mencionados.
             Bernabé Fernández Salvador, en la línea, así, de su D.N.I. y en las de los innumerables pentagramas por él estudiados, es un músico. Un destacado músico con honda vocación y cualidades para merecerlo. Con la solidez, además, que exige la carrera elegida, conforme certifica su expediente académico (9 cursos de violín y 10 de piano). Y, por supuesto, con la esperanza de continuar ofreciéndose a la misma lo que queda del día (actual y venidero), de los años (él cuenta ahora con 26), por los siglos de los siglos, amén. Generosa carta (o partitura), pues, a la vida, no exenta de reclamo, de justa correspondencia. Entretanto, nuestro creador (bernabe_fs@hotmail.com), no  rechaza impartir clases particulares, hacer bolos o amenizar bodas, bautizos… Pero esto, con sonar nunca a su manera, no debiera ser solución definitiva. En tiempo presente escribo. Y ante la realidad de la juventud española mejor formada. Duele en este caso la música. Y la palabra. En cuerpo y alma se conocen. Y claman por lo que valen. ¡Que se lo den!  

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