Con qué puntualidad rozar tu nombre,
los acentos mojados, la luz sola
que dejara en los cuerpos las lluvias de septiembre.
Con qué puntualidad la desnudez,
unos trazos, lo único que, dices,
pueda cantar una paloma.
Y qué precisa la vaguedad,
quemazón de la vida cuando baja,
aire tal vez mal traducido,
que nada saben las estatuas
del ligero descanso de tu vuelo.
Con todo, lo perfecto es el silencio,
mis ojos escapando a tu hermosura,
sueño de este río que lleva
al dulce recorrido de tu asombro.
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