martes, 10 de enero de 2012

La carta devuelta


Como cada año, la había escrito ciñéndome a las bases de la convocatoria habitual remitida desde palacio, esto es, con letra clara, a doble espacio y no muy extensa, porque dicen que de otra forma a los carteros reales se les hace imposible la misión de atenderlas debidamente. Y redactada – muy importante-, con la técnica y el estilo necesarios, a saber: peldaño a peldaño en ascensión hacia la cima del texto, donde –ahí sí-, colocar la relación de los regalos deseados.
            Yo había pedido con absoluta prioridad que Ruth y José, los niños desaparecidos de Huelva, fuesen devueltos de inmediato sanos y salvos a su hogar, como manda la justicia natural, y después de un lastre, siempre excesivo, de  oscuridad e inhumanos sufrimientos.
            Una siguiente solicitud era aquella directamente orientada (lo de oriente no es casual), hacia la reducción de las tasas del paro obrero, una cifra para meter sin dilación las tijeras y, ahora que tenemos tiempo, no contar las mentiras de la canción infantil, sino las soluciones que el problema exige, buscándolas donde los dineros se concentran y relamen; nunca en las casas de los pobres, en las cuales el ángulo de los brazos de quienes las habitan (viven, no), se abrió tanto que ya no alcanzan a abrazar más precariedad y miseria.
             Por ello, antes de llegar a los Reyes, mi  misiva también rogaba las respuestas a los de más abajo, entiéndase gobernantes, estos que no ha mucho han recibido por anticipado el aluvión de votos que soñaban y a los que, por si  acaso, tal vez convenga advertir que “pan duro, mejor que ninguno” (primera verdad). Que “el zapato, aunque malo, en el pie; no en la mano” (segunda verdad). “Y si a todos cobra usted lo que a mí, ¿qué hace usted aquí?” (tercera verdad), como le espetara el estudiante al barquero.
            Finalmente, el último objeto requerido era –recuerdo-, un libro ¿Cuál? Pensé que Sus Majestades, siendo Magos y  por la experiencia acumulada, acertarían en la elección. Igual con los demás. Un libro para cada persona. Una lectura solidaria del mundo. Esto quise, quiero. Y que no me devuelvan  nunca más la carta.
           

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