martes, 7 de mayo de 2013

Marisol Aznar, mujer actual.



Nada que ver nuestra protagonista con el ex presidente español del mismo apellido; sí con las razones del autogobierno como mujer, esposa, madre y trabajadora, los ámbitos en los que, tal vez, se dibujen con mayor precisión los perfiles tradicionales de “lo femenino”. Este conjunto de valores, según fue y es reconocible igualmente en gran número de casos. Son límites, sin embargo, demasiado estrechos. La propia trayectoria de Marisol, desde aquella permanente actitud suya de absoluta entrega y compromiso hacia los demás, demuestra que hay, puede haber mucho más. La oportuna lectura de la sociedad actual, y en lo que incide una conciencia cambiante, traduce el concepto de evolución a la manera que Marisol aconseja: comportamientos colectivos e individuales siempre críticos (ante sí y el mundo) y asentados sobre la concepción de la mujer como sujeto activo.
            En Marisol Aznar distinguimos, además, capacidades e inquietudes que responden a la llamada del arte y que vienen a situarla con justeza en la ruta de quienes descubrieron y descubren en la producción estética (la pintura, aquí), un instrumento significativo no solo para la reafirmación y felicidad personales, sino para la necesaria modernización social.
            Por todo, la titular de este espacio, con espíritu acostumbrado a repartir lo cotidiano conforme cada parcela de su identidad le reclama, se erige hoy en argumento atractivo, claro y ejemplar. Referente también a la hora de subrayar la contribución femenina en la superación de dinámicas inmovilistas (reflejo tópico de las cuales son, por cierto, las celebraciones  del “Día de…”). Y, sobre todo, modelo con los pies en las buscadas bases de la veracidad.
            “…Mil mujeres son una mujer”, concluye un aforismo de Juan Ramón. Yo creo que, por derecho y merecimientos, Marisol remite a equivalentes distintos, incluso más elevados.   


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