Nada que ver
nuestra protagonista con el ex presidente español del mismo apellido; sí con
las razones del autogobierno como mujer, esposa, madre y trabajadora, los
ámbitos en los que, tal vez, se dibujen con mayor precisión los perfiles
tradicionales de “lo femenino”. Este conjunto de valores, según fue y es reconocible
igualmente en gran número de casos. Son límites, sin embargo, demasiado
estrechos. La propia trayectoria de Marisol,
desde aquella permanente actitud suya de absoluta entrega y compromiso hacia
los demás, demuestra que hay, puede haber mucho más. La oportuna lectura de la
sociedad actual, y en lo que incide una conciencia cambiante, traduce el
concepto de evolución a la manera que Marisol
aconseja: comportamientos colectivos e individuales siempre críticos (ante sí y
el mundo) y asentados sobre la concepción de la mujer como sujeto activo.
En
Marisol Aznar distinguimos, además,
capacidades e inquietudes que responden a la llamada del arte y que vienen a situarla
con justeza en la ruta de quienes descubrieron y descubren en la producción estética
(la pintura, aquí), un instrumento significativo no solo para la reafirmación y
felicidad personales, sino para la necesaria modernización social.
Por
todo, la titular de este espacio,
con espíritu acostumbrado a repartir lo cotidiano conforme cada parcela de su
identidad le reclama, se erige hoy en argumento atractivo, claro y ejemplar.
Referente también a la hora de subrayar la contribución femenina en la
superación de dinámicas inmovilistas (reflejo tópico de las cuales son, por
cierto, las celebraciones del “Día de…”).
Y, sobre todo, modelo con los pies en las buscadas bases de la veracidad.
“…Mil
mujeres son una mujer”, concluye un aforismo de Juan Ramón. Yo creo que, por
derecho y merecimientos, Marisol remite
a equivalentes distintos, incluso más elevados.
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