No te
quites el sayo. Y el refrán se viene cumpliendo. A la vista y demás sentidos
está este arreón ¿final? del frío, que ha helado el ambiente por encima de lo permisible y cuando, en el tramo actual de la primavera, el Rocío era, aquí, la única
humedad esperada; deseo por otra parte generalizado, sobre la idea del hombre
como peregrino (rociero o no), el cual, tras el de ida, hoy hace el camino de
vuelta según la tradición y conforme a la creencia de su origen celestial, lo
que da al ser humano “un carácter de extranjería en la morada terrestre, a la
vez que una transitoriedad a todos sus pasos por la misma”. Nada, pues, en el
peregrinaje de la vida queda sin la correspondiente explicación simbólica, incluida
la reclamada por el mes que transcurre, acaso no demasiado lejano de sus
parámetros habituales, la lluvia inclusive justificando su presencia:
“Chaparrones de mayo/ lavan los pinos;/ se asientan las arenas/ de los caminos”.
Lo anterior,
con respecto a cada persona, si bien los pueblos, que igualmente tienen cuerpo, alma, sueños, y señas de
identidad, requieren, sin duda, de los abrigos materiales y espirituales
precisos, muy particularmente ahora, momentos de absoluta precariedad, de
continuados intentos por levantarse para reemprender la marcha, muchos de ellos
con la marca, la “mirada empañada del insomnio” y el dolor por heridas que
nunca merecieron. Y es que, con todo lo bueno que – se supone-, aún hay por
conocer y probar, el mal, querámoslo o no, también existe en el laberinto del
vivir. A nivel del suelo, aunque con mayor visibilidad en el del cielo. Del
poder, debe entenderse. Potestad, fuerza, dominio, e imposiciones de manos de
muy pocos sobre los bolsillos (no cabezas) de muchos. Cetros o cayados frente a
los cuales, con frecuencia, resulta imposible permanecer callados. Como ahora, en
razón de los tiempos que corren, y comprobado que la realidad administrativa y
su expresión simbólica no guían precisamente hacia caminos solares, diurnos,
lógicos, sino a atajos estrechos, recortados, tremendos, abiertos solo a
sufrimientos y desahucios. En tal estado de cosas, normal es que el pueblo
proteste. Y ruegue a las alturas. Más, siempre más, y al modo que este
observador oyó exclamar a un hijo de vecino: “Merkelcita, siquiera déjame como antes”.
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