martes, 21 de mayo de 2013

Hasta el 40 de mayo...



No te quites el sayo. Y el refrán se viene cumpliendo. A la vista y demás sentidos está este arreón ¿final? del frío, que ha helado el ambiente por encima  de lo permisible y cuando, en el tramo actual de la primavera, el Rocío era, aquí, la única humedad esperada; deseo por otra parte generalizado, sobre la idea del hombre como peregrino (rociero o no), el cual, tras el de ida, hoy hace el camino de vuelta según la tradición y conforme a la creencia de su origen celestial, lo que da al ser humano “un carácter de extranjería en la morada terrestre, a la vez que una transitoriedad a todos sus pasos por la misma”. Nada, pues, en el peregrinaje de la vida queda sin la correspondiente explicación simbólica, incluida la reclamada por el mes que transcurre, acaso no demasiado lejano de sus parámetros habituales, la lluvia inclusive justificando su presencia: “Chaparrones de mayo/ lavan los pinos;/ se asientan las arenas/ de los caminos”.  
Lo anterior, con respecto a cada persona, si bien los pueblos, que igualmente  tienen cuerpo, alma, sueños, y señas de identidad, requieren, sin duda, de los abrigos materiales y espirituales precisos, muy particularmente ahora, momentos de absoluta precariedad, de continuados intentos por levantarse para reemprender la marcha, muchos de ellos con la marca, la “mirada empañada del insomnio” y el dolor por heridas que nunca merecieron. Y es que, con todo lo bueno que – se supone-, aún hay por conocer y probar, el mal, querámoslo o no, también existe en el laberinto del vivir. A nivel del suelo, aunque con mayor visibilidad en el del cielo. Del poder, debe entenderse. Potestad, fuerza, dominio, e imposiciones de manos de muy pocos sobre los bolsillos (no cabezas) de muchos. Cetros o cayados frente a los cuales, con frecuencia, resulta imposible permanecer callados. Como ahora, en razón de los tiempos que corren, y comprobado que la realidad administrativa y su expresión simbólica no guían precisamente hacia caminos solares, diurnos, lógicos, sino a atajos estrechos, recortados, tremendos, abiertos solo a sufrimientos y desahucios. En tal estado de cosas, normal es que el pueblo proteste. Y ruegue a las alturas. Más, siempre más, y al modo que este observador oyó exclamar a un hijo de vecino: “Merkelcita, siquiera déjame como antes”.

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