Así
se suele testimoniar en abril el interés por la lectura: con un libro. Ocurre cada
año y, de forma oficial, desde que la
UNESCO, en recuerdo del fallecimiento de Cervantes y de
Chakespeare (ambos, el 23-4-1616), eligiera simbólicamente la citada fecha como
Día Mundial del Libro y de los Derechos
de Autor, con la finalidad de animar a los jóvenes a descubrir el placer de
leer y a respetar, a la vez, la inconmensurable aportación de los escritores al
progreso social y educativo de los pueblos.
Muy
bien todo, que la idea de conceder la importancia debida a la creación
(literaria, aquí), es tanto como
considerar que esta última pueda disponer de recursos propios contra la misma
muerte y no se iría descaminado en tal sentido. La elección, pues, merece la
pena, aparte las posibilidades de asombro, emoción y gozo que un buena obra –
narrativa, poética, teatral-, regala a quien se compromete con ella..
En
torno al libro (instrumento y extensión no del cuerpo, sino de la imaginación y
la memoria, según Borges) a tener en cuenta igualmente, aunque solo lo justo,
sus diferentes y actuales formas de presentación, aparente enfrentamiento,
ahora, de la tradicional (en papel), y la edición digital, pero en cualquier
caso, sin menoscabo de los beneficios de la lectura (lo primordial y más
interesante).Herencia, además, que siempre queda y se constituye también, tras siglos
de cultura libresca, en razón y preocupación de la sociedad del siglo XXI, cuya
capacidad para seleccionar e interpretar un texto continúa siendo, precisamente,
muy escasa, a pesar de incorporación de las nuevas tecnologías de la
información y comunicación (TIC), y como vienen a demostrarlo “los cientos de
millones seres humanos que todavía no han accedido a la competencia lectora o
que, aun teniendo un nivel elemental de lectura, son incapaces de poner en
marcha dinámicas comprensivas, y son analfabetos funcionales” (M. A. Vázquez
Medel). Por ello – insistimos- que en favor de la lectura se impongan criterios
de actuación sólidos y políticas adecuadas. No, no es necesario ahondar. Sí, concluir:
una sociedad lectora (consecuentemente crítica, innovadora y reflexiva), no
hubiera consentido, por ejemplo, la crisis general que nos oprime.
No hay comentarios:
Publicar un comentario