Muchos jóvenes
españoles están allá. Esta vez, los mejores, los más cualificados conforme a la
formación individual que adquirieron, los imprescindibles ahora y siempre y
para que el país propio, en un derecho que le asiste, pueda fortalecer sus
estructuras, las económicas y las otras. Y de esta suerte, salir adelante.
Refuerza además dicha necesidad la misma concepción de la justicia. Ya sea porque “cada ser humano pertenece a unos
espacios.” (M.A.Vázquez Medel: La urdimbre y la trama, 2005: 37), ya según
el “emplazado”, con conciencia de sus lugares y tiempos, se sienta comprometido
a dar igualmente respuesta adecuada a las mencionadas pertenencias. Visto en
una gráfica, aquella relación biunívoca que se estudiaba en la escuela primaria.
Fácil de trazar; también lógica, aunque hoy resulte imposible dibujarla sobre el mapa de España, por culpa de tanto
desacuerdo y desatino, qué pena.
El caso es que, cercanas las fiestas navideñas, nos tememos
que el brindis ritual, seguramente sin el vino español de la copla y con
inevitable suspiro, lo realice de nuevo gente nuestra en tierra extraña. Cosas
que pasan, como en el conocido poema de José
Larralde. O la prevalencia de todo lo impuesto bien sabemos por quiénes y desde
cuándo, pero no hasta dónde, cuyos efectos tampoco se corresponden con la buena
voluntad y capacidad de sacrificio que la población española, en general, está
demostrando. Aun así, en ausencia incluso de señales positivas, y hasta con Mas por menos con tintes de mesías
(¡qué descaro!), la idea ha de orientarse hacia el encuentro de lo grande
recogido que ofrece la confianza. La individual y la colectiva. Y en actitud de
renovado nacimiento. Será por este discurso que el cielo de la Unión Europea reconozca a la
estrella española su condición Y en exacta medida. Son siglos de historia
común, de experiencias compartidas. Nos debemos, pues, a una geografía física y
temporal labrada. Que los frutos, en
consecuencia, se repartan con mejor fortuna. Y con los jóvenes dentro, en casa.
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