martes, 14 de agosto de 2012

Colorín, colorado...


Este cuento no se ha acabado. No, imposible que así fuera, tantos capítulos aún por delante para contar y callar los dimes y diretes de sus protagonistas, las inimaginables aventuras que los mismos habrán de afrontar, la prestancia a la escritura del autor, los beneficios económicos de la editorial. Porque vende, y bien, la línea directriz seleccionada, los recursos estilísticos, la tipografía, el formato de la colección…Y además, todo dentro, nacional, cercano; nada fuera de la trama que caricaturiza y define, en general, al mundo. De manera que, siguiendo casi en exclusiva las pautas del oportunismo material, que nadie extrañe en la actitud de algunos personajes la ausencia de elegancia, la falta a las reglas de la convivencia pacífica, el alarmismo social, los atentados contra los principios  elementales de la ética, estética o religión. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando en razón de los objetivos que se persiguen (cuotas de populismo), algún líder sin gracia apuesta supuestamente por la imagen propia incitando a su gente al asalto, obviando la tensa situación que  aquella comunidad  sufra o, según la relación clima laboral- hechos, el posible daño al conjunto de los trabajadores. Frente a los citados rebeldes están (a no dudarlo), quienes con capacidad para especular y en posesión de esa magia siempre reservada para muy pocos, logran engañar sin escrúpulos al resto de los actores (millones de personas con distintos niveles de competencias y responsabilidades), hasta decodificar y adueñarse no únicamente de las claves (sacrificio y esfuerzo diario) de sus respectivas cuentecitas bancarias, sino también de las leyes (escritas en tablas de piedra o en papel vegetal), que en mandamientos naturales sirvieron o sirven para regular presente y futuro. Por tanto, y a modo de reflexión,  claro es que, en pleno siglo XXI, los argumentos y sentidos del género narrativo de referencia apenas difieren de los tradicionales. Solo que el Lobo de Caperucita y el Ogro de Pulgarcito son verdaderos inocentes ante los actuales. No, colorín, colorado, este cuento no se ha acabado. Y da miedo adivinar su fin.     

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