El 29 de mayo de 1958, a consecuencia de una
afección bronquial, fallecía Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico. Unos días más
tarde, el 6 de junio, Francisco Hernández Pinzón, su sobrino, en cumplimiento
de la voluntad del poeta y de Zenobia (ella había muerto de cáncer el 28 de
octubre de 1956, tres jornadas después de la concesión del Premio Nobel de
Literatura a su marido), traslada los cuerpos de ambos a España y les da
sepultura en el Cementerio de Jesús, de Moguer. Y desde entonces…
Las
fechas, como vemos, en lo íntimo y lo universal, están para evocarlas, según el
propio recuerdo, que nunca debe atraparnos, es, bien utilizado, proyección real
de las vidas a las que, por una razón u otra, nos sentimos vinculados. A la de Juan
Ramón, aquí y para este observador, desde la admiración y respeto profundos
hacia su Obra, la cual, con el correr de los años, evolucionó con frescura,
naturalidad y rigor, siguiendo el proceso “revivificador” al que fuera sometida
por su autor. Figura principal para el estudio de la trayectoria de la misma es,
sin discusión, Zenobia, por quien el citado escritor “encuentra por fin el amor
verdadero, síntesis de cuerpo y de alma, pasión y poesía, desnudez y plenitud
esencial” (Graciela Palau de Nemes). Logró cambiar, en definitiva, la
cosmovisión del creador moguereño.
Con
la significación de la Obra
y de Zenobia (la mujer), ponemos justamente de relieve dos de los grandes temas
de la lírica juanramoniana. Para completar, hay, sin embargo, que añadir un
tercero: la muerte. Marcado por la repentina de don Víctor, su padre, y sumido
en el mayor desaliento tras la de su esposa, cuando hubo de afrontar la
personal, aquella llamada del corazón (“madre, ven, madre”; “Moguer, Moguer…”),
asoció para siempre dichos nombres a momentos tan trascendentes. De mucho antes
(en Rimas, inicialmente; luego en Poemas agrestes, 1911-1912), es también
el poema titulado “El viaje definitivo” (…Y yo me iré. Y se quedarán los
pájaros / cantando./…).Revivido. Como ahora…
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