Lavan los pinos;
se alisan las arenas de los caminos…Así dice la letra popular, y muy bien, pero
no sólo porque la sevillana de referencia fije lo que mayo habitualmente dicta,
sino, sobre todo, por el alcance de aquella otra observación ante los
comportamientos de la propia palabra humana, la cual “nunca ha funcionado en el
vacío” (M.A.Vázquez Medel). El agua,
pues, recién caída, esto es, la comunicación que se presta y a la que nos
debemos, es, a no dudar, siempre beneficiosa para la tierra y sus criaturas. Hecho
natural éste, que impone obligaciones básicas tales son aprender a captar el sentido
profundo de la aludida lluvia y, en consecuencia, disponer de los cauces necesarios
para su adecuado aprovisionamiento y justo reparto.
Fuera del contexto anterior, es
evidente que existen aguas distintas cuyos discursos se construyen igualmente dentro de la vida. Son, sin
embargo, corrientes contaminadas en origen, flujos que manchan, caudales de ninguna altura y, por tanto,
desaconsejables para la salud social. Ante ellas, conviene, pues, la alerta
máxima, e incluso la aceptación de
ciertos márgenes de error, humanos también. Jamás, dejarse arrastrar por la pesadumbre,
ese cenagoso lodo connatural con cualquier crisis, devastador y mortal como el
peor fuego, según lo estamos viendo.
Nunca funcionó – insistimos- la
palabra en el vacío, y acaso tras este punto y aparte, ya se dejen oír, en la
realidad actual, mensajes de ningún limbo (búsqueda del equilibrio
ajustes-crecimiento), goteos (todavía) diferentes, propuestas de solución menos
rígidas, más permeables a los suelos – y sueldos- del mundo (con la eurozona por delante). Mejor.
Y que nadie ose impedir que el agua de la comunicación, vital pese a las dificultades
que les son inherentes, deba, pueda y quiera completar su ciclo. Quizás estos
chaparrones de mayo caen ya de un nuevo cielo…
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