martes, 22 de mayo de 2012

Con Huelva en la mirada



            Entre tanto estruendo diario provocado por la crisis (¡qué angustiosa pesadez!), apenas si queda alguien para oír aquellas alternativas que la naturaleza, sin imposiciones ni recortes, libera continuadamente, ya en su palabra o su silencio -energías de inmenso valor en ambos campos-, las cuales tienen, por supuesto, mayor proyección que las ondas de las referidas explosiones, que las sombras prometidas de ningún paraíso, y por descontado, que esos vacíos de la verborrea panfletaria al uso, siempre incompatibles con la sabiduría.
            Reconocimiento general que aconseja, pues, la voz a ti debida y a dichos mensajes, siendo más que nunca, como somos, hijos del lugar que ahora nos reclama (porque nos quiere) y al que, más en provecho nuestro que de nadie, hay que dar la respuesta que demanda.
            En torno a las excelencias de Huelva y a estas alturas de los tiempos, acaso se hayan realizado estudios, análisis y catálogos de toda clase, con inclusión, en tan amplia y diversa apreciación, de la mirada de los poetas, quienes, como apuntara  Luis García Montero, “espiaron a Huelva mientras dialogaba con la arena, el aire vivo de las alas, el azul del mar y la luminosidad de los pueblos”
            En alguna ocasión también, incluso aquel arcángel que, brazos extendidos,  anunciara  al cosmos la condición edénica de Huelva, volvió a encaramarse sobre el cielo de esta provincia para exigir de nuevo, hacia ella, respeto y consideración. Lo propio e irrenunciable, además, al día del cumplimiento de los compromisos que, cara a su particular evolución y progreso, la gente de esta tierra suscribió en origen. Y aquí sí es razonable hablar – insistimos- de la herencia recibida. En lo material y espiritual, muy grande y rica, según salta a la vista. Como la misma observación pone igualmente en evidencia lo mucho que resta por decidir, más por hacer. Una realidad, en síntesis, aún bella, firme y equilibrada, pese a los vientos de las falsas profecías. Experimentada, claro es. Y escarmentada. Capaz de escuchar y de escucharse. De sostener y ensanchar los horizontes de su vida.
                  

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