Qué preciso el temblor del verso, cuando deduce que “un año tiene muchos días, y tal vez más noches que días” Sobre todo ahora, a tiempo en el propio tiempo ese cíclico instante en el cual, desde el hemisferio norte (¡nos toca!), la posición del sol en el cielo se ve a la mayor distancia angular del ecuador terrestre, dando lugar al llamado solsticio de invierno, cuya consecuencia inmediata es el alargamiento máximo de las horas nocturnas y también el correspondiente acortamiento de las diurnas. Ninguna cultura, antes y después, fue o será indiferente al hecho de referencia, siendo así que, aunque la desaparición del sol sobre el horizonte pueda relacionarse con la tristeza, el abatimiento, e incluso con la muerte, la humanidad siempre supo que, al final, el triunfo del citado astro (imagen heroica, ojo divino, principio activo, fuente de energía y de vida), resplandecerá como el oro, el metal en el que delegó su representación.
Llegar, pues, al momento del solsticio de invierno se vincula necesariamente con la idea del resurgimiento de la luz, o sea, con la definitiva totalidad del hombre. De ahí que el cristianismo, aun sin conocer la fecha exacta del nacimiento de Jesucristo, considerara oportuno elegir el próximo 25 como portal idóneo para la celebración del mencionado acontecimiento. Tras esta determinación eclesiástica, la misma comunidad cristiana consolidó la época y el sentido de estas fiestas. Y desde entonces…
Particularmente, este observador creció y vivió en medio de ese ambiente de “…diciembre ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!”, que Juan Ramón Jiménez describiera en “Platero y yo”, su libro más popular. En los pueblos de Andalucía es lo común. Tal lectura o recuerdo, sin embargo, lleva asociado, hoy, un inevitable sentimiento de dolor. Y no por lo perdido -¡cuánto...!-, sino por lo buscado y no hallado. Algunas sílabas, si fuera posible. O el gráfico del futuro en un cuadrante ajustado y justo, como es menester. Menos personas sin nada ni nadie, ateridas, indefensas… En conclusión, un solsticio distinto, sin ruidos. Occidente lo reclama. ¡Hace tanta falta!
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