No
solo es primavera en el centro comercial donde trabaja como jefe del
departamento artístico; también en su obra de creación personal, con perfiladas
exposiciones entre marzo y abril, en dos reconocidos espacios de Huelva,
capital: el restaurante Rocataliata (actualmente) y la Fundación Cultural
Caja Rural (8-19 del próximo mes) En ambas, nuevos motivos y criterios en la
pintura de Pedro Quesada, e
igualmente en ella, desde el lenguaje propio al que el autor nos tiene
acostumbrado, las extraordinarias posibilidades comunicativas del arte.
El
Barrio Obrero (Reina Victoria), de la ciudad onubense, tan singular y plural
(lo inglés fundido con lo andaluz, neomudéjar y colonial), emplazado en el Cerro
de San Cristóbal y que fue declarado Bien de Interés Cultural en 1977, vuelve a
emplazar, así y aquí, al espectador, en discurso sensorial cuyo contenido
trasciende el campo único de la mirada. Sobrepasa su tiempo incluso, más
“clásico, es decir, actual, es decir, eterno”, según pudiéramos aplicarle -
¿por qué no?- el citado aforismo de Juan
Ramón. El Barrio Obrero, por méritos que nadie discute, se alza, pues, como
cima y objeto de contemplación de la primera y mencionada muestra.
Por razones
asimismo fáciles de comprender, los puentes, con valores simbólicos siempre por
encima de los materiales, y referencias permanentes al paso de las aguas que
atraviesan o de la historia de las tierras en las que hallan asentados, son
parte principal de la obra pictórica de Pedro
Quesada. Puentes de calculada arquitectura, e inflexibles ante aquellas
circunstancias que no guarden relación con la firme y minuciosa belleza. A destacar
muy especialmente en la segunda muestra el protagonismo asumido por el “Muelle
de Tinto”, en “fijeza agotadora del detalle” (R.Alberti), que no cansa jamás; todo lo contrario.
Jerárquicamente
ordenados los temas seleccionados por un artista que hunde raíces frente a la
mar de Isla Cristina (su ángulo universal), es natural y se entiende,
finalmente, que marinas y bodegones complementen y contribuyan a traducir la
visión del paraíso (exterior e interior), que Pedro Quesada aprendió a reflejar. Y que no deja de ofrecer al
mundo.
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