Atrás el 11-M, la fecha ahora
esperada es la de 13-M, es decir, mañana, con la primavera ya a la vuelta de la
esquina y las urgencias de este mundo
aún por atender. O sea, lo de siempre, aparte las deliberaciones del cónclave
romano, del Consejo de Seguridad de las Naciones Desunidas, del Banco Central Europeo
o de cualquier distinta institución política
o religiosa que se preste.
Porque
ocurre que el interés económico prima como nunca sobre los demás, con el consiguiente olvido de “la
voz a ti debida” que merece la persona, siquiera para que las necesidades
básicas de la mayoría puedan ser escuchadas por encima del sonido que produce
el muchísimo dinero en los bolsillos, bancos y paraísos fiscales de muy pocos Y
así desluce y duele el distanciamiento y
la fractura producida, tanto como la
ineficacia de un sistema de organización
social que está también exigiendo reformas profundas. A los hechos
remitimos, pan nuestro de cada día en la mesa del rico Epulón; no en las manos
y en la boca del pobre Lázaro. Lo que hay, sin más: “una sociedad desintegrada
y encharcada donde todo es confuso, los movimientos son ciegos, los conceptos
se han vaciado de significación y las palabras, corrompidas y deformes, degradadas
al papel de insultos, oscuras, torpes y sumarias como gritos infrahumanos,
muestran una grotesca inutilidad para lo que es su función específica:
entenderse” (F. Ayala).
Por
ello, según la naturaleza de los graves problemas que sufre, con plena y clara
conciencia de sí, y desde su lugar y tiempo, la sociedad actual debiera
procurarse vías y recursos igualmente renovados. Una máquina de vida otra,
cuyos émbolos (¡importante!), jamás menosprecien la energía del corazón.
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