martes, 19 de febrero de 2013

En Cuaresma



Tras cinco años de rigurosa penitencia (¿hasta cuándo?); superado además el examen de conciencia que cualquier acto de confesión exige; tan evidente por otra parte  el dolor por los pecados cometidos, y hecho también el correspondiente propósito de enmienda, tal vez lo único que, en estricta aplicación de la justicia (humana y divina), cabe a este país es conocer siquiera la cara de su confesor: si Dios, para que baje hasta aquí nuevamente y, cíngulo en mano, eche a los mercaderes (marca con denominación de origen diverso), de este templo (¡cuánta gentuza; qué limpieza!); si Ángela Merkel (¿diosa?), para asimismo hacerle comprender que, siendo la cosa de campeonato europeo y aunque jueguen veintisiete contra veintisiete, no ha de consentirse que siempre gane Alemania…Porque ya está bien (o mal) que reglamentos, arbitrajes, medidas, recortes, tarjetas e incluso silbatos tengan diseño teutón. Este observador al menos, que ha nacido a pie de tan especial Atlántico sureño, junto a cuyas aguas desea ser reconocido y en las cuales su mirada aprendió a interpretar historias, virtudes y vibraciones de una mar que todo lo acoge con verdadero sentido, se niega a caminar al dictado de quien, olvidando perfiles diferenciales, solo abre boca  en pro del beneficio propio.
            Aparte y no lo anterior, claro es que la realidad social inmediata impone profundas modificaciones y propuestas de solución a los graves problemas incrustados en ella. Y no es razón ahora para continuar discutiendo sobre si, galgos o podencos, la culpa de la ineficacia administrativa y de la corrupción (desechables las dos) corresponde a esa o aquella clase canina. O a sinvergüenzas a los que, en el campo de la democracia, se les debieran anular las posibilidades de competir. Urge cambiar –insisto- ideas, estilos, cuadros técnicos (llamativo el suspenso general cosechado en España por los principales líderes políticos), tácticas, lo que haga falta, de manera que se garantice mantener con solvencia la categoría. Porque en las actuales circunstancias, este es el objetivo: pretender no ganar el campeonato; sí la dignidad, la vida.

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