martes, 8 de enero de 2013

Ahora que tenemos tiempo



No vamos a contar mentiras, como dice la canción. Entre otras razones porque sería una necedad, aparte del mejor rendimiento que ofrece siempre la verdad. Por tanto resolvamos con la mayor naturalidad y sinceridad el proceso de búsqueda que propone el nuevo año, aun cuando caminar sobre la esperanza no conceda la condición de exento, llegado el momento de atravesar cualquier abismo. Somos el tiempo que nos queda, escribe a propósito, de forma bella y contundente J.M. Caballero Bonald,  íntimo y permanente intento el suyo de superar mediante la expresión poética las “insoportables y gustosas torturas de que son instrumento el reloj, el teléfono y el calendario”, según texto firmado ante El jardín de la delicias, de Francisco Ayala, por la viuda del escritor granadino, Carolyn Richmond. 
            En el 2013 recién iniciado acaso convenga tal lectura de la vida, siquiera para que, de una parte, el propio tiempo no se destaque como oponente extraño, distinto y distante, sino como compañero de ese viaje real y simbólico que estamos obligados a realizar. Y de manera similar, porque tampoco es inhumano aspirar a la salvación una vez consumida la existencia terrenal que tocó en suerte.
            Dicha reflexión, además, desde la inquietud de este observador tras las anotaciones hechas sobre la tristeza  que desprendía el rostro de aquella chica asomada a la ría, la cual invocaba la luz nunca probada en la despedida de cada tarde. Cuántas veces –pensé – la  generalizada pretensión de los deseos, el clamor de los sueños, la locura de sabernos cuerpo si no de poema, al menos fragmento de una escritura amable, algo imposible en numerosos supuestos y cuando, despreciada la oportunidad que se brinda conforme es menester, la sorpresa – lógico- marchó a otras instancias más acogedoras. Qué pena entonces, apagados el oro, el rugido del tren personal. Tiempo así sin saber para qué ni por dónde, estrechísimo ya el vial a recorrer. Pero todavía tiene vigencia el rumor, es audible el mar, cabe llegar hasta él. Por ello, si procede, estas líneas, dedicadas a quienes hoy sin escepticismo, con amor y voluntad decidieron encarar su destino. 

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