No vamos a contar mentiras, como
dice la canción. Entre otras razones porque sería una necedad, aparte del mejor
rendimiento que ofrece siempre la verdad. Por tanto resolvamos con la mayor naturalidad
y sinceridad el proceso de búsqueda que propone el nuevo año, aun cuando
caminar sobre la esperanza no conceda la condición de exento, llegado el
momento de atravesar cualquier abismo. Somos
el tiempo que nos queda, escribe a propósito, de forma bella y contundente J.M. Caballero Bonald, íntimo y permanente intento el suyo de superar
mediante la expresión poética las “insoportables y gustosas torturas de que son
instrumento el reloj, el teléfono y el calendario”, según texto firmado ante El jardín de la delicias, de Francisco
Ayala, por la viuda del escritor granadino, Carolyn Richmond.
En el 2013 recién
iniciado acaso convenga tal lectura de la vida, siquiera para que, de una
parte, el propio tiempo no se destaque como oponente extraño, distinto y distante,
sino como compañero de ese viaje real y simbólico que estamos obligados a
realizar. Y de manera similar, porque tampoco es inhumano aspirar a la salvación
una vez consumida la existencia terrenal que tocó en suerte.
Dicha reflexión,
además, desde la inquietud de este observador tras las anotaciones hechas sobre
la tristeza que desprendía el rostro de
aquella chica asomada a la ría, la cual invocaba la luz nunca probada en la
despedida de cada tarde. Cuántas veces –pensé – la generalizada pretensión de los deseos, el
clamor de los sueños, la locura de sabernos cuerpo si no de poema, al menos fragmento
de una escritura amable, algo imposible en numerosos supuestos y cuando, despreciada
la oportunidad que se brinda conforme es menester, la sorpresa – lógico- marchó
a otras instancias más acogedoras. Qué pena entonces, apagados el oro, el
rugido del tren personal. Tiempo así sin saber para qué ni por dónde,
estrechísimo ya el vial a recorrer. Pero todavía tiene vigencia el rumor, es
audible el mar, cabe llegar hasta él. Por ello, si procede, estas líneas,
dedicadas a quienes hoy sin escepticismo, con amor y voluntad decidieron
encarar su destino.
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