Por no enloquecer, o porque la
vida pudiera apagársele (¡ay, los latidos del corazón!), solicitaba Roberto Cantoral que El Reloj, título también de su afamado
bolero, detuviese su camino. Pero eso era antes, cuando a la música y al propio
tic-tac de la máquina en cuestión únicamente se les exigía una melodía cálida,
agradable, fondo de ambiente adecuado que acompañara en cada momento. Ahora no,
reglas actuales de un juego basado de modo exclusivo en la economía, por las
cuales el mismo reloj, tan pronto octubre anuncie su adiós, va a tener que
jurar o prometer cumplir de nuevo las obligaciones de su cargo, manecillas
adelante o atrás ajustadas al ritmo que conviene, según dicen los expertos.
Pero
el mundo, en general, interpreta la sucesión de los días de manera muy distinta.
Y distante de aquella observación científica relacionada con el ahorro de
energía. Veamos: en cierta ocasión preguntaron a una persona ruda de estos
lares por qué el mar, con frecuencia calculada bajaba y subía. La respuesta,
rápida y contundente, no se hizo esperar: <porque no tiene más cajones>
(donde la vocal a, léase la que mejor
proceda). Y sin más, porque no era contexto que admitiera explicaciones,
Poco parecido a lo que
la gente, hoy, diera en responder si fuese interrogada, por ejemplo, sobre las
oscilaciones de la prima de riesgo, y -esto sí-, frente a la naturalidad del
anterior, con segura, tensa y triste
cara de circunstancia, derivada de una difícil situación financiera particular.
Lo del próximo cambio horario, por tanto, se queda en preocupación menor. Mayor
diligencia habría, pues, al contestar acerca de los vaivenes vinculados con la
citada prima, entre los que –archiconocidos- caben las desmesuras de la banca,
de muchas administraciones públicas y privadas, y las injustas desigualdades
que distinguen y señalan: hombre rico-
hombre pobre de ninguna serie de televisión Y en hora cambiada siempre. O
paso. Quizás, las dos cosas a un tiempo.
En definitiva, crisis, lío. Nada, por supuesto, que achacar al amor o a los
relojes. Los de palacio y los de casa.
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