martes, 23 de octubre de 2012

En hora cambiada



Por no enloquecer, o porque la vida pudiera apagársele (¡ay, los latidos del corazón!), solicitaba Roberto Cantoral que El Reloj, título también de su afamado bolero, detuviese su camino. Pero eso era antes, cuando a la música y al propio tic-tac de la máquina en cuestión únicamente se les exigía una melodía cálida, agradable, fondo de ambiente adecuado que acompañara en cada momento. Ahora no, reglas actuales de un juego basado de modo exclusivo en la economía, por las cuales el mismo reloj, tan pronto octubre anuncie su adiós, va a tener que jurar o prometer cumplir de nuevo las obligaciones de su cargo, manecillas adelante o atrás ajustadas al ritmo que conviene, según dicen los expertos.
            Pero el mundo, en general, interpreta la sucesión de los días de manera muy distinta. Y distante de aquella observación científica relacionada con el ahorro de energía. Veamos: en cierta ocasión preguntaron a una persona ruda de estos lares por qué el mar, con frecuencia calculada bajaba y subía. La respuesta, rápida y contundente, no se hizo esperar: <porque no tiene más cajones> (donde la vocal a, léase la que mejor proceda). Y sin más, porque no era contexto que admitiera explicaciones,
            Poco parecido a lo que la gente, hoy, diera en responder si fuese interrogada, por ejemplo, sobre las oscilaciones de la prima de riesgo, y -esto sí-, frente a la naturalidad del anterior, con segura, tensa  y triste cara de circunstancia, derivada de una difícil situación financiera particular. Lo del próximo cambio horario, por tanto, se queda en preocupación menor. Mayor diligencia habría, pues, al contestar acerca de los vaivenes vinculados con la citada prima, entre los que –archiconocidos- caben las desmesuras de la banca, de muchas administraciones públicas y privadas, y las injustas desigualdades que distinguen y señalan: hombre rico- hombre pobre de ninguna serie de televisión Y en hora cambiada siempre. O paso. Quizás,  las dos cosas a un tiempo. En definitiva, crisis, lío. Nada, por supuesto, que achacar al amor o a los relojes. Los de palacio y los de casa.

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