Asomada de nuevo a este porche de
los días, no parece sino que, contra la moda de morir, hubiese apostado desde
siempre por la eternidad. Lo que, sin duda, es un acierto, un logro, pero
también un merecimiento, pues hay historias personales con tanto por decir que
necesitan el tiempo entero La de Abuela Conchita (Concepción Amelia Francisca
Garrote; La Habana,
4/10/1923), así parece justificarlo, según el amor por su isla natal se vio ligado muy pronto a escenarios
y episodios reconocidísimos, relacionados
de forma directa con el proceso de la Revolución Cubana,
previos, protagonistas principales y
consecuencias incluidos.
La
síntesis y explicación de aquellos hechos, ya con una perspectiva temporal
suficiente, acaso resulten fáciles. Y en medida ajustada a una gran capacidad
de comprensión, incluso para la testigo de referencia, una joven acomodada, que
siente cómo de la noche a la mañana (1/1/1959), el patrimonio familiar queda
reducido a una simple cántara de leche (“la ración correspondiente a dicha jornada”,
conforme le espetaron a su padre).
Alguna
rendija habrá, sin embargo, entre la soledad y el mundo, al alcance de cuantos
deseen usarla, siquiera para comprobar una y otra vez que cada experiencia
vital dispone de un ángulo propio, un plus ultra imposible de expropiar, en el
cual continuar creciendo con todas las esperanzas (humanas y divinas), que para
eso el mismo amor, junto al oficio natural de entregarse, aprendió igualmente a
invertir en bonos de infinito para cuando fuese menester. De tal renta disfruta
ahora Abuela Conchita, con belleza, porte y elegancia insuperables (“quien tuvo,
retuvo”), más altura en cada cota de su personalidad que en cualquiera de las
marcadas por las circunstancias que llegaron a envolverla.
Y
a mayor nivel, más pureza, lealtad de miras, transparencia, todo cuanto el río
lleva, además del agua, al encuentro de sus afluentes: Roberto, Gustavo (+) y
Víctor (hijos); Amalia (nuera); Víctor y Patricia (nietos).¿Qué otro mejor
capital?
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