Ya estamos en septiembre, el mes
de la primavera al revés (crecen las noches, menguan los días), de las eras
vacías, de las cosechas recogidas; tan arbitrario en su comportamiento (o seca
las fuentes o se lleva los puentes) como festero; tan de vistosos y ricos
frutos (uvas, naranjas manzanas...) como de los estigmatizados negativamente, la
calabaza, por ejemplo, de significaciones, acaso, que no requieren explicación.
Mes, por otra parte, de honda carga romántica (“cuando llegue septiembre, todo
será maravilloso”) para la música, el cine, la literatura. Una joya, pues, este
tiempo de creación y creadores, de menor consideración y nota (¡lógico!), entre
los estudiantes, según a partir de ahora toca de nuevo “clavar los codos”; e
inquietante, por supuesto, para los políticos, a quienes por mor de aquellas,
esas y estas actuaciones y medidas heladoras se les promete, ya en junio, un
otoño caliente. Al hilo de esto último, preocupa bastante, por encima de lo que
quiera representar el esperado y habitual
veranillo de San Miguel y porque la cosa no va precisamente de intervenciones
arcangélicas, qué altas temperaturas pudieran registrar en adelante los termómetros
de la calle y de las institucionales
oficiales, conforme los programas editados y las proclamas emitidas por
doquier. Temblor da pensarlo (sin entrar en las razones y sinrazones que, en
estas coyunturas, suelen entrecruzarse y de las que, sin distingos de partidos
y sindicatos, se aprovechan), escalofrío a la postre ante lo único claro y evidente para la gente
sencilla, para el pueblo: el cíclico recorte de la luz natural (que se acepta
como grata ley) y el casi impagable e injusto precio (pese a su legalidad) de
la artificial, asociado también al que figura en los restantes y diversos
productos y etiquetas del mercado. Nada que ver, y tampoco hace falta
demostración, con septiembre, que antes fue séptimo (calendario romano) y
noveno después (calendario gregoriano), sin que jamás llegara a perder sus
encantos y excelencias. Ni parecida dicha estabilidad con los desequilibrios de
la España actual,
ayer, de Champions, contando en Europa y en el mundo; hoy, en posiciones de
descenso. Ello, sin embargo, sin que aquí, en septiembre u otro mes, cante nadie
“échame a mí la culpa de lo que pasa…”
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