martes, 4 de septiembre de 2012

En septiembre


Ya estamos en septiembre, el mes de la primavera al revés (crecen las noches, menguan los días), de las eras vacías, de las cosechas recogidas; tan arbitrario en su comportamiento (o seca las fuentes o se lleva los puentes) como festero; tan de vistosos y ricos frutos (uvas, naranjas manzanas...) como de los estigmatizados negativamente, la calabaza, por ejemplo, de significaciones, acaso, que no requieren explicación. Mes, por otra parte, de honda carga romántica (“cuando llegue septiembre, todo será maravilloso”) para la música, el cine, la literatura. Una joya, pues, este tiempo de creación y creadores, de menor consideración y nota (¡lógico!), entre los estudiantes, según a partir de ahora toca de nuevo “clavar los codos”; e inquietante, por supuesto, para los políticos, a quienes por mor de aquellas, esas y estas actuaciones y medidas heladoras se les promete, ya en junio, un otoño caliente. Al hilo de esto último, preocupa bastante, por encima de lo que quiera representar el esperado y habitual  veranillo de San Miguel y porque la cosa no va precisamente de intervenciones arcangélicas, qué altas temperaturas pudieran registrar en adelante los termómetros de la calle y de las  institucionales oficiales, conforme los programas editados y las proclamas emitidas por doquier. Temblor da pensarlo (sin entrar en las razones y sinrazones que, en estas coyunturas, suelen entrecruzarse y de las que, sin distingos de partidos y sindicatos, se aprovechan), escalofrío a la postre  ante lo único claro y evidente para la gente sencilla, para el pueblo: el cíclico recorte de la luz natural (que se acepta como grata ley) y el casi impagable e injusto precio (pese a su legalidad) de la artificial, asociado también al que figura en los restantes y diversos productos y etiquetas del mercado. Nada que ver, y tampoco hace falta demostración, con septiembre, que antes fue séptimo (calendario romano) y noveno después (calendario gregoriano), sin que jamás llegara a perder sus encantos y excelencias. Ni parecida dicha estabilidad con los desequilibrios de la España actual, ayer, de Champions, contando en Europa y en el mundo; hoy, en posiciones de descenso. Ello, sin embargo, sin que aquí, en septiembre u otro mes, cante nadie “échame a mí la culpa de lo que pasa…” 

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