Hoy es 11-S, once años después
del ataque terrorista contra las Torres Gemelas (Nueva York) y El Pentágono
(Washington). Punto. Aparte o seguido (da igual), y sin que la mirada atrás
pueda significar la conversión en estatua de sal, como le ocurriera a la mujer de Lot, el color del incendio de
aquel pasado, lejos de cualquier evocación poética, guarda a todas luces con el
presente la intensidad de su sombra. A la distancia, ya suficiente, que separa
la citada fecha con la actual, procede tal vez remitirnos, siquiera para asentar
unas mínimas bases argumentales. O la posibilidad también de una serena reflexión.
Y
es que poco o nada ha cambiado en esencia la situación mundial con respecto a la de
entonces, con una progresiva (agresiva, igualmente) escisión entre países ricos
y pobres y sin que los dineros de los primeros hayan acudido jamás con
generosidad al “rescate” de los segundos. En consecuencia, los especuladores
siguen campando a sus anchas por los terrenos que les son literalmente propios
y que, por experiencia, manipulan y explotan como nadie. Y es cierto que la
historia general, apegada a la de sus protagonistas, está sujeta a procesos de
aceleración, aunque no al extremado ritmo que los menos tratan de imprimirle a
los más, con los desajustes correspondientes y que asimismo saltan a la vista,
África o buena parte de Asia como ejemplos. En la radical preeminencia de un
reducido número de países (con Estados Unidos a la cabeza), cabe, pues, la explicación (¡nunca la justificación!) del
fenómeno terrorista y de sus execrables hechos.
Conclusión
parcial: el 11-S, tras el cual vinieron el 11-M y otros atentados y siglas de
idénticas magnitudes (la invulnerabilidad no existe), acaso pueda (o deba) servir
para que se ponga remedio a una de más graves enfermedades que la sociedad padece:
el miedo (con o sin Bin Laden) .
Y
total: la solución del problema es responsabilidad ineludible de quienes disponen
del pan y la palabra. No obstante, naciones, pueblos y personas tendrían que asumir que se es grande no porque los demás
resulten innecesarios; al revés: en la humildad y la solidaridad se encuentran
las razones del verdadero liderazgo.
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