martes, 11 de septiembre de 2012

11-S, once años


Hoy es 11-S, once años después del ataque terrorista contra las Torres Gemelas (Nueva York) y El Pentágono (Washington). Punto. Aparte o seguido (da igual), y sin que la mirada atrás pueda significar la conversión en estatua de sal, como le ocurriera  a la mujer de Lot, el color del incendio de aquel pasado, lejos de cualquier evocación poética, guarda a todas luces con el presente la intensidad de su sombra. A la distancia, ya suficiente, que separa la citada fecha con la actual, procede tal vez remitirnos, siquiera para asentar unas mínimas bases argumentales. O la posibilidad también de una  serena reflexión.
            Y es que poco o nada ha cambiado en esencia  la situación mundial con respecto a la de entonces, con una progresiva (agresiva, igualmente) escisión entre países ricos y pobres y sin que los dineros de los primeros hayan acudido jamás con generosidad al “rescate” de los segundos. En consecuencia, los especuladores siguen campando a sus anchas por los terrenos que les son literalmente propios y que, por experiencia, manipulan y explotan como nadie. Y es cierto que la historia general, apegada a la de sus protagonistas, está sujeta a procesos de aceleración, aunque no al extremado ritmo que los menos tratan de imprimirle a los más, con los desajustes correspondientes y que asimismo saltan a la vista, África o buena parte de Asia como ejemplos. En la radical preeminencia de un reducido número de países (con Estados Unidos a la cabeza), cabe, pues, la  explicación (¡nunca la justificación!) del fenómeno terrorista y de sus execrables hechos.
            Conclusión parcial: el 11-S, tras el cual vinieron el 11-M y otros atentados y siglas de idénticas magnitudes (la invulnerabilidad no existe), acaso pueda (o deba) servir para que se ponga remedio a una de más graves enfermedades que la sociedad padece: el  miedo (con o sin Bin Laden) .
            Y total: la solución del problema es responsabilidad ineludible de quienes disponen del pan y la palabra. No obstante, naciones, pueblos y personas tendrían que  asumir que se es grande no porque los demás resulten innecesarios; al revés: en la humildad y la solidaridad se encuentran las razones del verdadero liderazgo.  
           

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