Nada que ver el titular con la
película de igual nombre, aquel drama romántico dirigido por James Ivory (1985), adaptación de la
novela de E.M. Foster, que fuera
galardonado con tantos Óscars, Baftas y demás premios reconocidos, en el cual
la protagonista, Lucy Honey, una joven inglesa de buena familia, y su prima,
Charlotte Bartlett, -ambas de viaje en Florencia-, conocen en la pensión donde
se hospedan al excéntrico señor Emerson y a su hijo George, quienes amablemente
ceden sus habitaciones a las citadas damas
para que disfruten de una ventana con vistas a la ciudad.
Aparte, y en pretendida relación con lo
anterior, las golondrinas de hoy, que solo en su calidad de pájaros
insectívoros de alas largas, delgadas y puntiagudas y cuyas características les
permiten vuelos acrobáticos y veloces, de rápidos ascensos y descensos ya sea
en altura o al ras del suelo, se parecen a las de ayer, las de – valga por su
popularidad la referencia escogida-. la Rima LIII: Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar,/ y
otra vez con el ala a sus cristales/ jugando llamarán /…, las cuales continúan encantando,
sencillamente porque Bécquer es Bécquer.
Estas
de ahora son, igualmente, migratorias, con viajes de ida y vuelta, y
anunciadoras de la primavera, Como siempre. Las mismas dan, sin embargo, otro
aire. O se lo dan seguramente, que en asuntos de vender confortabilidad, antes y después del punto.com, el mundo nuestro
(de muy pocos, más exactamente), ha sido y es un publicista experto. He ahí,
pues, la explicación del nuevo comportamiento que observamos en las golondrinas,
vaticinado incluso por el propio Bécquer:
Pero aquellas que el vuelo
refrenaban/ tu hermosura y mi dicha a contemplar,/ aquellas que aprendieron
nuestros nombres.../ esas... ¡no volverán /. Y tanto que fue, es así, y en
actitud ajena a cualquier principio romántico. Porque muchas golondrinas
actuales no se conforman con vivir en una casucha, hueco de árbol o establo. Quieren
también lo que la mayoría: ¡una habitación con vistas!
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