La vida imita al arte mucho más que el arte
a la vida, es frase célebre de Óscar
Wilde. Y acertada, según son también muchos los artistas que a lo largo de la Historia Universal
dieron testimonio de ello. De la actual, Faustino
Rodríguez, proyectada igualmente su obra al infinito, es, sin duda, un
notorio ejemplo. La vida misma es la primera en reconocer cuanto del creador
onubense decimos, situado ya él sobre ese sencillo aleph donde, acompasados
espíritu y materia, a diario “ora et labora”; sabedora ella de cómo debe
posicionarse ante fluyentes imágenes pictóricas (poéticas, al unísono), las
cuales dejan ver –sentir-, no solo lo que hay más allá de la intuición, sino el
estudio y rigor técnico administrados, camino hacia el laberinto simbólico y
luminoso que el autor ofrece y en el que el misterio es un componente continuo.
En consecuencia, y rendida con motivos la creatividad a nuestro personaje, ¿qué
importa que Babel quedase entonces paralizada, si ahora Faustino es capaz de resolver la confusión de las lenguas,
reconstruir la famosa torre? ¿Y que el Templo de Salomón fuese reducido a un
montón de piedras? ¿O que Persépolis se esfuerce en demostrar la grandeza de un
imperio? Nada fuera, lejos ni imposible; nadie, incluido este siglo XXI que, en
sus prisas, descataloga y envía a los sótanos tantos cuadros y firmas, podría permanecer
indiferente frente al quehacer de Faustino
Rodríguez, artista otro, distinto, siempre en lo que queda tras la
contemplación de lo bien hecho, y de los que quedan en la vía –vida-,
que existe del sueño a la realidad. De un extraordinario pintor, pues,
hablamos. Y de su interior tierra de promisión, colmada ésta de color, filantropía,
filosofía, literatura, música, mística, números, alquimia, magia y astrología
tomamos, en paralelo, referencias. Junto a todo, lo evidente de la identidad
como recurso de alcance, la llave “con el tiempo dentro” que Faustino propone y de la que dispone
para abrir el campo de un definido estilo, lo fundamental en el orden de las
significaciones, lo imprescindible cuando se trata de interpretar el mundo en que vivimos. Lo propio, en suma, de
un maestro.
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