martes, 10 de abril de 2012

El mar de la confianza


Al mal tiempo, buena cara. Esto es lo que España, en el punto de mira de los mercados, debiera poner, y sin temor a la aflicción financiera que ella y el mundo padecen, por más que afuera la vigilen, analicen sus antecedentes, sopesen los consecuentes, la sometan a continuos exámenes y, en medio del asfixiante ambiente que le han creado, intenten abaratar su nombre so pena de empujarla hacia nadie sabe qué profundo precipicio. Para alucinar. O mejor, para rebelarse contra esas frías y turbias entidades cuyos números, lejos de apostar por soluciones de izquierdas o de derechas, sólo buscan la rentabilidad particular y al bajo precio que la agitación, la confusión y el miedo suelen fijar cuando el plan trazado (nunca de rescate, sino de hundimiento) ha logrado sus efectos en las entrañas de una sociedad, de un país. Para forramiento propio –insistimos-, según se ve, aunque no se entienda y menos se comparta, porque a cualquiera le duele -y mucho- que  le metan por la jeta las manos en los bolsillos.
            Con cuatro años hasta hoy – y el texto sigue-,  sujeta a dictados ambiciosos, y obligada, además, a cambiar lo que fuera oro, incienso y mirra (error gravísimo, siempre, creer que somos dioses), por presentes precarios y exentos de esplendor, aroma y humanidad,  las heridas en el cuerpo y el alma de España son, muy grandes, claro. Como mínimo, del tamaño de la oscuridad de los pretextos utilizados por los citados especuladores, cuyas actuaciones riman con las de algunos destacados políticos internacionales, los cuales, en palabra, obra y omisión, igual especulan. Pura hipocresía. Y a todo esto, que nadie mueva un dedo sin la ayuda del diccionario de términos económicos, pues un olvido tan simple pudiera ocasionar una subida de la prima de riesgo o un desplome de la Bolsa. Para descreerse, digo. O para – más sensato-, a  golpes de timón (nunca de pecho, porque la soberbia es pecado capital que incita al no reconocimiento de nuestras culpas), procurar enderezar el rumbo. Ganar el mar de la confianza como sea. Ya. Sin esperar al año que viene, un tiempo el actual muy distinto, por fortuna, al de la revista Hermano Lobo. Que tampoco nos lo arrebaten.

No hay comentarios:

Publicar un comentario